Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría. Las primeras líneas del célebre cuento de Poe me vinieron a la mente. No es que Fulgencio Basavilbaso no me hubiera insultado con anterioridad, ya había perdido la cuenta de la cantidad de improperios que de él recibí en los últimos años. Para ser honesto, yo mismo utilizaba palabras soeces en mi trato habitual, pero sin ninguna maldad ni con la intención de herir a nadie. Pero con Fulgencio, la cosa era diferente. Nos habíamos criado en el barrio de San Telmo, entre imponentes casonas coloniales. Si bien los dos provenimos de familias patricias, la mía estaba más acomodada y él se pasaba el día en mi casa y los veranos venía con nosotros a la quinta de San Isidro. Quienes no nos conocían pensaban que éramos hermanos, y me atrevo a decir que así nos considerábamos. Asistimos juntos al Colegio Nacional, yo como integrante del cuad...
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