Verónica

 


Tendría unos trece o catorce años. Estaba sentada en la camilla hecha un bollito, con la cabeza entre sus rodillas y sus brazos apretan
do las piernas mientras se balanceaba rítmicamente. Se la veía pálida, con el pelo desordenado y la ropa desprolija. Los dos que la acompañaban también lucían desaseados y desaliñados, y el olor que emanaban era francamente desagradable.

-Buenas tardes, soy del servicio de Psiquiatría Infantil.

-¿Psiquiatría? ¿Para qué la tiene que ver un psiquiatra? ¡La nena no está loca, la violaron! -gritó el padre.

-Nadie dice que está loca, lo que pasa es que en los casos de presunto abuso, debemos intervenir los psiquiatras.

-¿Cómo presunto? ¿Cree que le estamos mintiendo?

-¿Por qué no me cuentan qué pasó? –agregué tratando de no empeorar las cosas.

-Nosotros hicimos la denuncia en la comisaría de la mujer, fue el hijo de puta de su padre.

Al ver mi expresión de asombro mientras miraba al hombre, la madre aclaró:

-El padre biológico vive en el Chaco, Marcos es mi pareja actual.

-¿Cómo saben que fue él?

-Porque nos lo dijo la nena –intervino el hombre.

-Para las vacaciones fui con ella al Chaco a visitar a su padre porque prácticamente no lo conoce, nos abandonó cuando quedé embarazada. Él vive en el campo, en un ranchito miserable sin ningún vecino a la vista. Al poco tiempo de que llegué, una prima me invitó a su casa así que estuve dos días fuera y Verónica se quedó con su papá. Al regresar,  estaba rara, pero recién cuando volvimos a Buenos Aires se echó a llorar desconsoladamente y me contó que su padre la había abusado.

-Bueno, vamos a ordenar un poco las cosas. Ahora voy a hablar con Verónica a solas y después los veo.

La madre y su pareja salieron a regañadientes y se ubicaron en la sala de espera. Verónica continuaba en esa posición fetal que parecía cobijarla. La saludé pero no obtuve respuesta. Recién después de asegurarle que nada de lo que habláramos saldría de esa habitación a menos que fuera de vida o muerte, se relajó un poco y me miró. Me sobresalté al ver su expresión, aunque mis años de experiencia impidieron que se notara. Su mirada esquiva saltando de un objeto a otro de la sala, para posarse en mí de forma esporádica. Su cabello enmarañado y sucio, la falta de algunas piezas dentarias, y una risa estereotipada mostraban un cuadro por lo menos inquietante.

-Hola –la saludé nuevamente-, mi nombre es Eduardo y estoy para ayudarte.

-¿Y quién dijo que necesito ayuda? –respondió sin abandonar esa sonrisa burlona y enigmática.

-Tu mamá y tu padrastro.

-Se llama Marcos –me respondió algo molesta.

-Bueno, Tu mamá y Marcos están preocupados por vos.

Una carcajada fría y patética atravesó el consultorio.

-¡Qué se va a preocupar ésa, si me dejó sola dos días enteros!

Razón no le falta, pensé.

-¿Y qué pasó en esos dos días?

Me miró con una profunda condescendencia.

-Ya le contaron ellos, ¿Para qué me hace repetir todo, para verme sufrir?

-Para nada, sólo quiero conocer tu versión.

Se mantuvo en silencio por un rato.

-Estoy muy cansada, ¿Cuándo me podré ir?

No valía la pena continuar hablando. Si realmente había existido, el abuso ocurrió varios meses antes y en otra provincia, por lo que no quedaba muy claro por qué los padres habían consultado recién ahora. Probablemente Verónica tendría una historia clínica confeccionada en el hospital, así que fui a buscarla al archivo, donde me entregaron una copia. Con sorpresa noté que había sido atendida cuando tenía siete años,a raíz de unas visiones que tenía. Según constaba allí, Verónica había manifestado que unas niñas se le aparecían en los pasillos de su escuela y la incitaban a golpear a sus compañeras. La madre había consultado por sugerencia de las autoridades del colegio, pero aparentemente no estaba de acuerdo con lo que le indicaron. En menos de un mes abandonó el tratamiento. Regresé a la guardia y cité a la familia para el día siguiente en mi consultorio.

Esta vez, Verónica parecía otra, jovial, colaboradora. Se había higienizado y vestía un conjunto que parecía nuevo.

-¿Cómo pasaste la noche?

- Mejor, pero no me puedo sacar su cara de la cabeza.

-¿La cara de quién?

Otra vez esa mirada condescendiente.

-¡La del hijo de puta de mi papá, ¿Cuál va ser?

-¿Te sentís mejor ahora? ¿Querés contarme lo que pasó?

- Me violó, no hay nada que contar.

-Yo me refiero a esas nenas que veías en la escuela, hace algunos años –no tenía sentido insistir con lo del abuso, no iba a hablar de eso-.

Se ruborizó y evitó mi mirada. Se puso a manipular algunos juguetes en la mesa de juego desde donde no le podía ver la cara.

-A veces vuelven.

-¿Muy seguido?

-Casi todos los días, y también en casa. Ahí es más difícil porque tengo miedo de quedarme dormida y verlas.

-¿Le comentaste a tu mamá?

-Sí, pero me trata de loca.

Decidí que la justicia determinara el camino a seguir con la presunta violación, ya que Verónica se rehusaba a hablar del tema y los test no revelaban signos de haber sido abusada. Sin embargo había que tomar una conducta con respecto a sus alucinaciones, se negaba a ir a la escuela por temor a verlas. Hablé con la madre y le indiqué a Verónica un psicofármaco que reduce los delirios. La cité en un mes.

No me sorprendí cuando no acudieron a la cita. Tampoco lo hicieron la semana siguiente. Hablé con el servicio social del hospital para que llamen a la madre pero habían dejado un número de teléfono que no era de ellos y la dirección que figuraba en la historia clínica simplemente no existía.

Unos meses más tarde noté que empujaban un papel por debajo de la puerta de mi consultorio. Sentí un poco de alivio al ver su nombre escrito en el papel. Del otro lado se leía:

“Por favor, atiéndame. Nadie me cuida”

Abrí la puerta y encontré a Verónica en camisón sentada en la sala de espera, toda despeinada y sucia. Una mueca semejante a la alegría se dibujó en su boca desdentada. Le indiqué que se siente y cerré la puerta. Tenía esa mirada esquiva de la primera vez y se mordía las uñas en forma vehemente.

-¡Por qué decís que nadie te cuida?

-Mamá sólo piensa en el bebé que lleva en su panza, yo me tengo que encargar de la casa y de mis hermanitos. Estoy aquí sólo porque vino a hacerse una ecografía, parece que va a nacer antes.

-¿Vas a tener un hermanito?

-Sí, pero éste es hermano en serio, no como los nenes.

-No entiendo…

-El bebé que mi mamá tiene en la panza no es de Marcos, sino de mi verdadero papá, el mismo que me violó.

A esa altura no podía discriminar lo delirante de lo real en el relato de Verónica.

-¿Y Marcos lo sabe?

-Parece que sí, y no le importa.

Mientras ella hablaba, yo hacía cuentas mentalmente. El padre de Verónica vive en el Chaco, y ellas habían viajado hacía siete u ocho meses. ¿Había abusado de ambas? La dejé en el consultorio y me fui a ecografía donde encontré a la madre sentada esperando su turno. A su lado estaba Marcos.

-¿Podemos hablar en privado? –me dirigí a ella.

-Hablen tranquilos, voy al bar y vengo –respondió el hombre.

-Verónica me contó del embarazo, pero por ahí está un poco confundida.

-Si le contó que el bebé es de su papá, tiene razón. A los pocos días de volver del Chaco tuve un atraso y el test me dio positivo.

-¿Cómo sabe que no es de Marcos?

-Porque no me toca un pelo desde hace años –me dijo socarronamente.

-Verónica está ahora en mi consultorio, pidió hablar conmigo. Está muy enojada con todo esto, pero no es eso lo que más me preocupa. La veo muy desmejorada, le voy a hacer unos análisis.

Cuando volví al consultorio la hallé en la misma posición en que la había dejado, mordiéndose ansiosamente las uñas. Le entregué las órdenes para los análisis y las tomó con indiferencia.

Cuando regresó con los resultados, confirmé lo que presentía:

“SUBUNIDAD BETA POSITIVA”

Así, con esa frialdad, el pedazo de papel describía el terrible drama que se avecinaba en la vida de Verónica. Toda la historia del abuso de su padre se derrumbaba. No daban los tiempos, si el episodio había sido en el Chaco la gestación nunca podría ser incipiente como lo demostraba el análisis. En la sala de espera estaban Verónica, su madre, que ya se había hecho la ecografía, y por supuesto, Marcos. Hice pasar a Verónica y a su madre.

-A propósito  –comenté a la señora- no sé su nombre.

-Graciela.

-Bien, Graciela. ¿Sabía que su hija está embarazada?

Estaba listo para cualquier tipo de reacción. Llantos, gritos desgarradores, amenazas de muerte, desmayos, que solían aparecer luego de que los padres se enteraban del embarazo de sus hijas adolescentes. Pero esta vez, nada. Jamás vi tal expresión de indiferencia en un caso parecido, tanto que tuve que preguntarle si me había escuchado.

-¿Y qué quiere que haga? me preguntó levantando los hombros- Ya es una señorita y con lo que le hizo el padre habrá quedado media rarita.

Yo no daba crédito a lo que estaba escuchando. Un débil sollozo me hizo reparar en Verónica. Algo me decía que no quería estar con su madre en ese momento.

-¿Querés decirme algo, Verónica?

-Sí, pero que ella salga.

Invité a Graciela a que nos espere afuera del consultorio aclarándole que hablaría con su hija en presencia de la trabajadora social. Llamé inmediatamente al servicio social y al rato vino una integrante de su equipo.

-Ella es del servicio social y nos va a acompañar –le aclaré a Verónica una vez que su madre hubo salido-. ¿Qué nos querías contar?

-¡No quiero ser mamá! –exclamó rompiendo en llanto.

-No pensemos en eso ahora.

Su rostro se transfiguró y volvió a aparecer aquella sonrisa estereotipada.

-Ustedes me están mintiendo, soy muy chica para ser mamá, si ni trabajo ni nada.

-¿Nos podés contar qué pasó?

-No pasó nada, les dije.

-Verónica, vos ya sos grande, casi una señorita. Seguramente sabés que pueden pasar ciertas cosas cuando estás con un chico.

-¡Pero yo no tengo novio, me dan asco! ¡Ni amigos tengo!

-¿Alguna vez Marcos te dijo algo, o te hizo algo? –pregunté en forma brusca.

Verónica reaccionó violentamente.

-¡Si le hacen algo, les juro que me tiro abajo del tren!

-Tranquila, nadie le va a hacer nada, pero si él te hizo algo va a tener que afrontar las consecuencias.

-Él no me hizo nada, yo le hice a él.

Cruzamos una mirada de extrañeza con la trabajadora social

-No te entiendo –alcancé a esbozar-.

- Yo estaba de lo más aburrida en casa, cuidando a los nenes y limpiando como una sirvienta cuando vi en televisión un aviso de cerveza. Hacía un calor bárbaro y me moría de sed, así que le pedí a Marcos que me vaya a comprar cerveza, que quería probarla.

-¿Y él te la compró?

-Al principio creyó que lo estaba burlando, que era un chiste, pero después se ve que le dieron ganas a él también porque la terminó comprando. Así que de a poquito nos tomamos una botella de las grandes y nos fuimos a dormir la siesta, cada uno a su cama. Pero yo no podía dormir, tenía el cuerpo caliente, como si me estuviera quemando.

Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

 

 

 

 

 

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