-¡Te
estoy mandando una bronquiolitis, es una boludez, no está ni para oxígeno!
Terminé
aceptando la derivación, después de todo, el pobre estaba en una salita en el
fin del mundo y acá teníamos todo para atenderlo.
Lo
esperé hasta que anocheció, y después, con el trabajo que había, me olvidé del
tema.
Las
alarmas del shock room me arrancaron de mi ensueño y miré el reloj en
forma automática, las tres de la madrugada. Acudí a medio vestir para
encontrarme con un escenario caótico. El residente, abrumado, corría en todas
direcciones mientras las enfermeras intentaban colocarle el suero a un niño de
no más de un año. Su estado era lamentable, su respiración, apenas un quejido.
En
un rincón estaban sus padres, tan jóvenes, transfigurados por el terror.
Resistió todo lo que su débil corazón le permitió,
al ritmo de mi impotencia, empecinado en prolongar su vida con maniobras
estériles. Me detuve ante la mirada inquisitiva de un ayudante, y recién ahí me
atreví a mirarlo. Sus rasgos mongoloides parecían haber encontrado, por fin, la
paz.
Descargué
mi bronca en el teléfono contra el infeliz que me lo había mandado, sin
avisarme de su condición real. La ducha antes de volver a casa aplacó algo mi
ánimo, que volvió a derrumbarse cuando los vi en la sala de espera. Abrazados,
ajenos al ajetreo hospitalario. Pude hacerme el boludo y seguir, pero me
acerqué a ellos.
-No
hubo tiempo para conocernos, pero me gustaría que tomemos un café y hablemos de
lo que sucedió. Lo necesito y creo que ustedes también.
Parecían
sorprendidos, pero aceptaron mi propuesta con naturalidad. Perdí la noción del
tiempo luego del tercer café. Pude conocer a Pancho -así se llamaba- a través
del amoroso relato de sus padres. Me enteré de su felicidad ante la noticia del
tan anhelado embarazo, así como del espanto y la desazón ante el diagnóstico en
la sala de partos. De la felicidad recobrada con el correr de los meses, del
atroz final sin despedida.
Ni
una palabra me atreví a decir, sólo escuchaba. Después de una eternidad, me
levanté.
-¡Espere!
Tomé
la mano de esa mujer sin nombre, y en silencio permanecimos un tiempo más.
La
secretaria me avisa que tengo una llamada, pero la rechazo. Acabo de atender al
último paciente de una jornada agotadora. Insiste, dice que llaman desde lejos.
Finalmente, atiendo.
La voz
me transporta diez años atrás. La reconocí al instante, por más que creía haberla
olvidado.
-¡No
se imagina lo que nos costó ubicarlo! Fuimos al hospital, pero nos dijeron que
ya no trabaja allí. Entonces lo buscamos en las cartillas de todas las obras
sociales hasta que pudimos hallarlo. ¡La emoción que sentimos!
Balbuceo
una respuesta, pero me detiene.
-Cuando
falleció Pancho, sentimos que nada valía la pena, y lo único que nos sostuvo
fue la charla que mantuvimos con usted. Cada vez que decaíamos, escuchábamos
sus palabras.
Qué
curioso, no recuerdo haber emitido sonido en esa reunión, sólo me limité a prestar
oído a esos atribulados padres.
-Nos
llevó diez años animarnos -continúa la mujer- y ahora estamos esperando otro
hijo. Lo único que sabemos con certeza, es que usted va a ser su pediatra.

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