Nieve

 

Nada es tan definitivo como parece. Logramos aprenderlo cuando ya hemos recorrido suficiente camino y suele ser algo tarde. Aquella tarde de invierno, no sólo aprendí una lección, sino que mi vida entera se transformó.

 Había llegado a esa bella ciudad del sur con la única intención de pasar unos días en soledad, agobiado por un año de duro trabajo. Me consideraba un abogado exitoso, integraba uno de los estudios más prestigiosos y mis clientes tenían fortunas incalculables. Acababa de ganar un juicio que me había demandado muchísimo esfuerzo, por lo que hacía un mes que no dormía bien. Ni bien bajé del avión alquilé un auto, algo chiquito, no necesitaba más, y me dirigí a la cabaña que había reservado. Después de un breve papeleo, la recepcionista me dio un juego de llaves y las típicas indicaciones con el mismo entusiasmo que pondría en sus oraciones nocturnas.

 -Sal. -agregó cuando estaba a punto de salir de la pequeña oficina.

-¿Perdón?

-En la alacena encontrará un paquete de sal gruesa. Tiene que tirarla en la vereda para derretir la nieve.

Dejé a la extraña mujer sin comprenderla muy bien y enfilé para mi cabaña.

 No podría haber elegido mejor; estaba situada en lo alto de una colina que dominaba la bahía, flanqueada por un extenso bosque de alerces y rodeada de parque. La decoración era sencilla, pero sin desentonar con el ambiente. Me di una ducha tibia y me acosté. Pensaba pedir algo de comer, pero el sueño me venció.

Me levanté muy temprano, todavía estaba oscuro. Afuera estaba nevando, así que corrí hasta la recepción para tomar el desayuno. Ni bien bajé la escalera patiné en el hielo de la vereda y me habría caído si no fuera por ese árbol salvador. ¡La sal! -pensé, prometiéndome recordar tirarla al regresar-. El bufet estaba casi vacío, así que pude desayunar en paz mientras miraba el amanecer en el lago. Al regresar, comprobé con agrado que habían limpiado la habitación y la cama estaba tendida. Saqué de mi bolso un cuaderno nuevo y un manojo de lápices y los puse en la mesa junto a la ventana. Había decidido terminar el libro en estas vacaciones. Apenas escribí unas líneas, cuando escuché un grito desgarrador. Me asomé a la ventana y vi una persona tirada en la vereda que se agarraba una pierna sin dejar de gritar. Bajé corriendo la escalera de la cabaña y el piso helado me recordó que me había sacado los zapatos. No me importó, llegué hasta el pobre hombre y traté de incorporarlo, pero lanzó otro alarido, así que lo dejé como estaba. Tendría unos cincuenta años, el pelo largo y desprolijo, barba crecida. Vestía sólo unos pantalones viejos y una camisa deshilachada, me llamó la atención, con ese frío.

-¿Cómo se siente?

Me miró y sonrió mostrando una dentadura despareja y sucia, exhalando un aliento fétido.

-No se mueva, voy a buscar ayuda.

Golpeé desesperado la campanilla de la recepción, y esta vez apareció una mujer de aspecto alemán, que perdió su afable sonrisa al escucharme. Me dijo que llamaría a la ambulancia y regresé junto al hombre. Parecía más tranquilo, como si le doliera menos. Mientras esperaba me reproché no haber tirado la sal como me habían indicado, de alguna forma yo era responsable. Pero en seguida, el abogado en que habita en mí reaccionó. ¿Por qué tenía que hacerme responsable de la seguridad de la gente que camina por la vereda de la cabaña, si no es de mi propiedad? ¿No eran responsables los dueños de las cabañas, acaso? ¡Ellos deberían haberse ocupado de lo de la sal!

Llegó la ambulancia y subieron al pobre hombre que volvió a gritar de dolor. El enfermero me tomó los datos y preguntó si yo era familiar del paciente. ¡Vaya impertinencia, creer que ese indigente y yo teníamos algo que ver! Finalmente, se llevaron al herido al hospital local.

Pasaron los días, y por más que lo intentaba, no pude escribir una sola palabra. No dejaba de pensar en ese pobre hombre, y a pesar de que había dejado bien claro en la recepción que yo no era responsable del accidente, me sentía culpable. Así que subí al auto y me dirigí al hospital. Mi intención era sólo averiguar cómo estaba. Me costó mucho obtener información, ignoraba su nombre y la enfermera tampoco colaboraba. Recién después de comentarle lo del accidente pareció recordar.

-¿El linyera? Falleció, pobrecito. Parece que no resistió la anestesia debido a su alcoholismo.

Como si me hubieran dado un cachetazo, así me sentí. Seguramente estaba equivocada, si había sido un golpecito en la pierna, nada más. Después de la tercera vez que le pregunté si estaba segura, me empezó a mirar mal.

-¿Tenía parientes, alguien preguntó por él?

-Todos lo conocíamos a Fidel, éste es un pueblo chico. Vivía en una pensión hasta que se gastaba toda la plata en vino y lo echaban, entonces andaba por la calle hasta cobrar el subsidio. Así todos los meses. Creo que tenía una hija en la villa de los altos.

Los altos era la zona más pobre del pueblo. Se llamaba así por las casillas que se agolpaban en el pie de la montaña. La zona más baja, junto a la costa del lago, era la parte turística. Parecían dos mundos diferentes, que jamás se tocaban. Pero esta vez, sí. El pobre Fidel resbaló en una coqueta vereda del centro, lejos de los suyos, y por mi culpa.

El taxi me dejó a unas cuadras, no se animó a entrar al barrio. Me subí el cuello de la campera y comencé a caminar bajo la intensa nevada. En la comisaría me habían dado la dirección de su hija, que atendía el único almacén. Se asustó cuando me vio entrar, poca gente vestiría así en la zona. Ni bien le dije quién era y qué hacía allí, se puso a la defensiva.

-Ya sé quién sos, pero quedate tranquilo que no te voy a echar la culpa de su muerte, mi viejo era un borracho perdido y así iba a terminar.

-No vine para eso, sólo quería conocerlo un poco, saber cómo era. Sé que no tuve la culpa de su accidente, pero igual me siento muy mal.

-Si querés saber algo de él, averiguá con sus amigos, los crotos. En cuanto oscurece, el centro se llena de ellos. Y ahora tomátelas, que tengo que seguir atendiendo.

Tenía razón. Esa misma noche recorrí las calles de ese pueblo de ensueño que ahora parecía de pesadilla. No pasaba una cuadra, que no encontrara alguien tirado en el piso. Las plazas, los cajeros de los bancos, la guardia del hospital, en todos lados. Regresé a la cabaña, destrozado. Junté mis pocas cosas, cerré el cuaderno sin escribir, y fui al aeropuerto.

 Pasaron algunos años, y ya no soy el mismo. Ni bien llegué del sur, comprobé -en verdad ya lo sabía- que las calles de la ciudad por las noches se poblaban de cientos de personas como Fidel. Pasaban frío y hambre. ¿Cómo no los había visto antes? ¿Cuándo se volvieron invisibles? No esperé más, fui al supermercado y me surtí de lo necesario. En casa me puse a cocinar pequeñas viandas, como les hacía a los chicos cuando iban a la escuela. Las puse en el baúl del auto y empecé a recorrer la ciudad. Al principio eran dos o tres los que aceptaban la comida, el orgullo y la desconfianza eran fuertes. De a poco se fueron sumando, noche tras noche. Agradecía a mi exitosa carrera que me permitió solventar ese gasto, de lo contrario no hubiera podido.

Una de esas noches, cuando hacía mi recorrido, vino una mujer del barrio, que venía mirando con curiosidad lo que yo hacía.

-¿Me puedo sumar? -preguntó tímidamente.

 

Hoy ya somos una organización, sumamos más de 100 voluntarios. Gente común que un día decidió, como yo, dejar de mirar para otro lado.

 

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