Las cuatro estaciones


Ni bien impartió la bendición, Pío saludó a sus feligreses de la Iglesia de La Piedad y se retiró, presuroso, hacia la sacristía. Había terminado la última misa de la tarde. Con movimientos automáticos, se quitó la casulla besándola respetuosamente mientras la guardaba en su estante. Lo mismo hizo con el resto de la ropa litúrgica, y ya en sotana se dirigió a la casa parroquial. Luego de una ducha refrescante, se afeitó, algo que no hacía con mucha frecuencia, peinó como pudo su rojiza cabellera y se vistió con un buzo y un par de jeans. Sobre la mesada de la cocina lo esperaba una fuente con estofado y verduras que le había preparado el ama de llaves. Esa noche la había autorizado a pasar el fin de semana con sus nietos.  Puso la carne en el horno y se sirvió una copa de Malbec con un exquisito gruyere francés, regalo de algún devoto agradecido. Era viernes y se lo tenía permitido. Agregó un plato a la mesa, ya decorada con un centro de flores. La casera sospechaba algo -pensó- y trató de disipar la culpa que comenzaba a crecer en su conciencia, nada debía salir mal esa noche.  Llevó su copa a la biblioteca, eligió cuidadosamente un disco y se dispuso a disfrutar.

La primavera explotó en cada rincón de la casa parroquial al son de los violines dejando paso, instantes después, a un duelo entre varios pájaros que llenaron el ambiente con su canto. Pío cerró los ojos y dejó que la naturaleza invadiera cada uno de sus poros, sintiendo el aroma de las hierbas frescas y la suave brisa en la frente, esperando que llegara, en seguida, esa tormenta con su despliegue de rayos y truenos maravillosamente plasmada por Vivaldi en Las Cuatro Estaciones. Margarita tocó la puerta en el preciso instante en el que el pastorcito iniciaba su siesta en el prado. Se fundieron en un abrazo eterno y sentido, entre los sonidos del primer concierto. Como cada tres meses desde esa primera vez en Roma, cenaron en la intimidad, a salvo de las miradas suspicaces de la gente. ¡Qué comprenderían ellos! ¿Acaso los conocían? ¿Alguno imaginaba que detrás de esos hábitos había un hombre con su mismo derecho a la felicidad?

La danza entre ninfas y pastores los encontró en la cama, formando parte de ese festival de sonidos y sensaciones, creado en un instante de pasión que involucraba todos los sentidos. Se durmieron así, abrazados, deseando que no amanezca.

 

 

Otro hombre de Dios, trescientos años antes, apuraba la primera y única misa que ofrecería en su vida, para correr hacia su celda en el convento de la Piedad, en Venecia. En plena celebración eucarística, se le habían venido a la mente unos acordes maravillosos, con los que podría cerrar el segundo concierto de su obra, Las cuatro estaciones.

Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

 
 

Comentarios