La
primavera explotó en cada rincón de la casa parroquial al son de los violines
dejando paso, instantes después, a un duelo entre varios pájaros que llenaron
el ambiente con su canto. Pío cerró los ojos y dejó que la naturaleza invadiera
cada uno de sus poros, sintiendo el aroma de las hierbas frescas y la suave
brisa en la frente, esperando que llegara, en seguida, esa tormenta con su
despliegue de rayos y truenos maravillosamente plasmada por Vivaldi en Las Cuatro
Estaciones. Margarita tocó la puerta en el preciso instante en el que el
pastorcito iniciaba su siesta en el prado. Se
fundieron en un abrazo eterno y sentido, entre los sonidos del primer
concierto. Como cada tres meses desde esa primera vez en Roma, cenaron en la
intimidad, a salvo de las miradas suspicaces de la gente. ¡Qué comprenderían
ellos! ¿Acaso los conocían? ¿Alguno imaginaba que detrás de esos hábitos había
un hombre con su mismo derecho a la felicidad?
La
danza entre ninfas y pastores los encontró en la cama, formando parte de ese
festival de sonidos y sensaciones, creado en un instante de pasión que
involucraba todos los sentidos. Se durmieron así, abrazados, deseando que no
amanezca.
Otro
hombre de Dios, trescientos años antes, apuraba la primera y única misa que
ofrecería en su vida, para correr hacia su celda en el convento de la Piedad,
en Venecia. En plena celebración eucarística, se le habían venido a la mente
unos acordes maravillosos, con los que podría cerrar el segundo concierto de su
obra, Las cuatro estaciones.
Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

Comentarios
Publicar un comentario