Hotel

 


Llegó muy temprano a Calafate, en el único vuelo del día. Contrariado, notó que nadie lo esperaba. Luego de un rato, llamó un taxi.

-Al Grand Hotel, por favor.

Luego de recorrer varios kilómetros en un paisaje colosal, abandonaron la ruta para adentrarse en un camino de tierra donde el auto comenzó a patinar por la nieve derretida. Sin previo aviso, el hotel irrumpió en el horizonte  Aún desde esa distancia se adivinaba una fina edificación de estilo inglés que lo sorprendió gratamente. Felicitó al conductor por su habilidad para sortear el barro y se bajó del taxi.

La recepcionista no disimuló la sorpresa al verlo entrar al lobby.

-Buenos días, tengo una reserva.

-¿No le avisaron acerca de los cambios?

Ahora se explicaba por qué no lo estaban esperando en el aeropuerto.

-Está anunciada una tormenta de nieve –continuó la recepcionista con tono monocorde.

-¿En abril?

-Parece extraño, pero así es.

-Pero estamos en el siglo veintiuno, ¿No se aseguraron de que yo haya recibido la información, por mail o por celular?

Con una sonrisa condescendiente, la mujer le explicó que, si bien el hotel estaba preparado para una tormenta, los caminos se volvían intransitables. Por ello, le habían reservado una habitación en el Hotel Casino. Una pena que no le habían notificado oportunamente.

El taxi ya había partido, así que pidió otro auto.  La empleada le informó que tardarían bastante en llegar, pero como compensación le ofreció una habitación para asearse y descansar.

El hotel era excelente. Sin ser muy grande, contaba con todas las comodidades. El lobby abría paso a un salón coronado por una gran chimenea rodeada de amplios sillones de estilo. Hacia la izquierda, un pasillo vidriado conducía al comedor de estilo campestre, con paredes de troncos y piedras y grandes ventanas que mostraban el glaciar en todo su esplendor. Un joven lo acompañó a su habitación. Era espaciosa,  y miraba al lago. Una cama de estilo, se enfrentada a un grabado de grandes proporciones, pero que no desentonaba con el ambiente. Le sorprendió no encontrar el televisor, más tarde se enteraría que no había, como tampoco periódicos. Una de las exigencias de los huéspedes era no recibir noticias del resto del mundo durante su estadía. Tomó un baño de inmersión y se recostó mientras esperaba su taxi.

Cuando despertó ya estaba oscuro. ¿Tanto había dormido? Se incorporó con una grata placidez, como hacía tiempo que no sentía. Encendió la luz y no encontró su valija. Alarmado, corrió hacia el ropero y allí estaba su ropa, prolijamente doblada y colgada. En la mesa de noche estaban sus objetos de valor, pero no vio su notebook. ¡Se habían tomado el trabajo de desempacar por él! Sin embargo, la recepcionista le había dicho que le facilitaban la habitación para asearse y descansar un poco. ¿Para qué, entonces, habían distribuido con tanto cuidado sus cosas?

Se dirigió al lobby para pedir explicaciones y denunciar la falta de su computadora. Alarmado, notó que el lugar estaba desierto. Apenas una luz de emergencia iluminaba el salón de la chimenea, y el pasillo vidriado que daba al comedor estaba cubierto con gruesos postigos de madera, al igual que los ventanales del salón. El comedor estaba cerrado.

Empezó a respirar con cierta dificultad, y su corazón se aceleraba. Corrió a la recepción, y todo estaba desierto.  El silencio era atroz, sólo interrumpido por el silbido del viento. Quiso ver las noticias en la televisión, pero recordó que no había.

Se dirigió a la oficina de la recepción, en una carrera frenética. Con suerte encontraría una computadora, o alguna radio para comunicarse. El lugar estaba casi vacío, no había computadoras ni radios. Sólo un almanaque en la pared, de esos que se le van arrancando las hojas. Mostraba el viernes cinco de abril de 1958.

 

 

 

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