Feria

 


 

Llevábamos viajando más de una semana. La caravana constaba apenas tres carromatos. Hace mucho, según me contaban, tenía más de cincuenta. Payasos, domadores, animales, el hombre más gordo del mundo, todos como una gran familia. Tras años de peleas y enfermedades, quedó reducida a lo que era hoy.

Mi trabajo, por ser el más joven, consistía en mirar atentamente los carteles de la ruta en cada pueblo que pasábamos y anotar cuántos habitantes tenía. Al pedo, decía yo, si podíamos buscarlo en google. Pero el abuelo insistía en hacerlo a la antigua. Así llegamos a Manantiales, un pueblito encantado del sur, que tenía apenas sesenta y dos almas.

-Éste. -Dijo el abuelo.

Nadie se animó a contradecirlo, y para allí fuimos por un camino que puso a prueba la estabilidad de los carromatos. La noche anterior habíamos parado sobre la ruta, para hacer tiempo a llegar en sábado. No hizo falta ensayar nuestro arribo, era el mismo show de siempre. Planeado hasta el hartazgo, tenía una entrada triunfal, música y desfile incluidos. Esa mañana, mientras avanzaba la caravana, yo iba arrojando papelitos donde anunciábamos los horarios de las funciones. La primera, gratis, invitación de la feria itinerante.

Armamos la carpa. Había conocido mejores épocas, ahora estaba llena de remiendos, y con olor a humedad. Mientras tanto, los magos y los payasos ensayaban sus rutinas. Al fondo del terreno, mi padre inflaba la pelota gigante bajo la atenta mirada del abuelo. El asunto tenía su historia. Al parecer, mi bisabuelo había creado la feria contra los deseos de su padre, por lo que para convencerlo, le dijo que un porcentaje de las ganancias las donaría a los más necesitados. Para darle más seriedad al tema, ideó una suerte de alcancía gigante de forma esférica, que se ubicaría en la iglesia o en el palacio municipal. Al terminar el espectáculo, se depositaba el dinero en la pelota, donde además los vecinos podían hacer sus propias donaciones. Dicen que antes la esfera se llenaba tanto que no pasaba por la puerta.

En los últimos años, sin embargo, a nadie parecía interesarle el asunto de la pelota gigante. Pero el abuelo se empecinaba en colocarla igual, y eso hicimos en Manantiales.

La llevamos sobre un camión, para que todo el pueblo la vea. En su gastada superficie, con grandes letras rojas, se leía el monto alcanzado en la feria anterior. Nadie reparaba en que los datos tenían más de diez años de antigüedad. Sólo mi padre y yo conocíamos el secreto que ocultaba la esfera. Ni siquiera mi abuelo, quien creía que se llenaba de dinero, como antes. En el palacio municipal nos abrieron la puerta, algo sorprendidos. Si bien conocían su existencia por los pueblos vecinos, nunca la habían visto con sus propios ojos. Hasta nos retratamos con el intendente a los pies del voluminoso artefacto.

La noche de la primera función estaba el pueblo entero. Sobre todo porque era gratis. La carpa se iluminó con un carnaval de canciones de todo el mundo. Tan contagioso era el ritmo, que hasta el cura bailaba entusiasmado. Luego de más de dos horas, el show terminaba con el número de magia. La misma rutina hasta el último día.

Esa noche, antes de comenzar el show, me dirigí al palacio municipal como lo había hecho desde el comienzo de la feria, a inspeccionar la pelota gigante. Esta vez permanecí un rato más en el lugar. Cuando estaban por cerrar las puertas, sin que nadie me viera, me metí dentro de la esfera a través de un orificio que apenas dejaba pasar mi escuálido cuerpo, y me dispuse a esperar. Una vez que apagaron las luces, salí de la misma, algo sofocado. Maletín en mano, subí sigilosamente la escalera que llevaba a las oficinas. Entré al despacho del intendente y saqué la pequeña libreta donde mi padre había apuntado unas cifras en su primera visita al palacio. Me dirigí hacia la caja de seguridad y marqué los números que me abrieron camino a las arcas municipales. Vaciado el contenido, regresé a mi escondite dentro de la esfera y me dispuse a dormir hasta la mañana siguiente.

Habíamos planeado terminar la gira un sábado, para así retirar la pelota en la mañana de domingo. El único empleado de seguridad que estaba en el edificio le abrió las puertas a mi padre, quien le gratificó el gesto. Esa noche, mientras avanzábamos hacia un nuevo destino, contamos el botín en nuestro carromato. Cuando le dijimos al abuelo cuánto habíamos recaudado en la pelota gigante, se emocionó.

-¿Vieron? ¡Todavía hay gente con buen corazón!

 

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