Desde muy chico hacía gracias que todos festejaban: acomodarle el cuello de la camisa a su padre, o agarrarle sólo la mano derecha a su mamá al dar sus primeros pasos, a tal punto que, si tomaba la incorrecta, debía dar la vuelta. Toda la familia reía cuando el pequeño Felipe, de apenas tres años, tocaba varios botones del ascensor del edificio, por lo que tenían que salir antes para llegar a tiempo a cualquier lado. Lo que nadie advertía, era que siempre seguía una misma secuencia: primero apretaba el botón del tercer piso, luego el del quinto, para bajar al primero y de allí al sexto, en donde vivían.
Ya
en el colegio, las cosas se complicaron un poco. No había caso de que entrara a
la sala hasta que su compañerito Raimúndez lo hiciera. El asunto era que cada
tanto, Raimúndez faltaba. ¡Una vez la maestra tuvo que dar clase en el patio!
Las dificultades fueron en aumento, y en quinto grado casi queda libre por
llegar tarde; hasta que las mangas de su camisa no sobrepasaran la cantidad
exacta de centímetros que las del saco, no podía salir de su casa.
Pero
no fue hasta el ingreso a la universidad, que las obsesiones de Felipe llegaron
a tal punto que él mismo les pidió a sus padres consultar a un especialista. La
elección de la carrera se convirtió en un calvario para él y toda su familia.
Una semana era medicina, la siguiente ingeniería, más adelante un año sabático.
Todo acompañado de costosos test vocacionales e interminables visitas a las
casas de altos estudios. Finalmente, la única decisión viable fue la consulta
psicológica. Tampoco fue fácil: ¿Mujer u hombre? ¿Joven o con más experiencia?
Les encargó a los padres que le buscaran la profesional adecuada. La primera entrevista
fue desastrosa: ¡Los cuadros del consultorio estaban todos torcidos, y lo peor,
asimétricos!
El
tercer o cuarto especialista lo envió directo a un psiquiatra. Por alguna
extraña razón, esto pareció aliviar la ansiedad de Felipe, quien, ni bien pisó
la sala de espera, se sintió seguro por primera vez en mucho tiempo. ¡Las
paredes estaban despojadas de adornos inútiles! Apenas un grabado colgaba casi
inadvertido sin desentonar con el ambiente. Felipe paseó la mirada con
satisfacción: las únicas dos personas estaban sentadas equidistantes entre sí,
formando una imagen armoniosa y tranquilizadora. Una de ellas captó su
atención. Tendría unos 20 años, y era la mujer más bella que había visto. Daba
la impresión de flotar en el aire, como si estuviera en una dimensión diferente.
¡Y ese rostro! Tuvo que detenerse unos segundos más para poder admirarlo en su
totalidad. El pelo revuelto caía desordenadamente sobre la cara, casi ocultándola.
Le pareció, -no podría ser real – que usaba un solo pendiente, lo que acentuaba
su asimétrica belleza. La ropa también captó su atención. Como si hubiera
agarrado lo primero que tenía en el placar. Nada combinaba, pero en ella estaba
perfecto.
Salió
antes de que lleguen a atenderlo, con la única intención de esperarla. Cruzó al
bar de enfrente y ocupó una mesa cerca de la ventana. Hizo un esfuerzo, no
toleraba que lo vieran desde la calle. En cuanto la vio salir, corrió a su
encuentro.
-Hola,
yo estaba en lo del psiquiatra, ¿Te acordás?
Lo
miró como sin comprender. Estaban tan cerca que él sintió su invasivo perfume y
no pudo evitar una mueca de desagrado, así y todo, no se movió.
-Felipe,
me llamo.
-Ah.
-¿Querés
tomar algo? Tengo un rato, todavía.
Entraron
al bar, y ella eligió una mesa en la ventana, como a propósito. Felipe estuvo a
punto de sugerirle cambiar a otra, pero se contuvo. A pesar de que era hora de
almorzar, ella pidió un café con leche con medialunas. En un momento, hundió una
medialuna en la taza, mientras Felipe veía cómo la grasa chorreaba por el
borde, y se la llevó a la boca, masticando con un ruido repugnante. Sin
embargo, la veía hermosa, hasta en esos asquerosos gestos. La mujer, de la que
aún ignoraba el nombre, parecía cautivada. Mientras chupaba uno a uno sus
mugrientos dedos, lo miraba extasiada y la tensión entre ellos aumentaba. Fue
ella la que sugirió ir a un hotel, y Felipe, a pesar de que había jurado jamás
pisar un lugar de esos, accedió. En ese preciso instante, maldijo su propia
debilidad. Sólo pensar que unos desconocidos tuvieran sexo en la misma cama que
él, apenas unos minutos antes, le revolvía el estómago. Ni bien llegaron,
eligió la habitación más cara, no porque le sobrara la plata, sino para
asegurarse las mínimas condiciones de higiene. Ella le obsequió una sonrisa encantadora. Subieron
a la suite presidencial, según la describió el empleado de la administración: un
adefesio sobrecargado que pretendía emular una villa de la antigua Roma,
intolerable para un amante del minimalismo como él. La perdió de vista entre
tanto objeto decorativo, para encontrarla, sin previo aviso y totalmente
desnuda, tendida a lo largo de las sábanas atigradas. ¡Y sin haberse bañado!
No
pudo soportar más semejante tortura, todo parecía estar fuera de control.
Comenzó a traspirar profusamente, su corazón parecía guiado por caballos
salvajes y el aire se estaba enrareciendo. Corrió aterrado y se encerró en el
baño, tapando sus oídos para no escuchar los golpes en la puerta ni los
insultos de su bella compañera. Después de una eternidad, los ruidos cesaron y,
de a poco, fue recuperando la calma.
Se
encontraba, nuevamente, a salvo del deseo.

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