El taquígrafo

 




Eduardo Rocatagliata era un hombre formal. Y serio, además. Tenía unos sesenta años, y andaba por la vida junto a Irma, a quien conoció a los 13, cuando se cambió al Carlos Pellegrini. Desde la secundaria hasta hace un mes, no pasaron un solo día separados. Ni siquiera cuando le tocó hacer el servicio militar: lo exceptuaron por miope. Tenía dos hijas que ya estaban grandes, y un par de nietos a quienes nunca visitaba.

 

Eduardo trabajaba en el palacio legislativo, era el último de los taquígrafos oficiales del congreso. Cosa extraña, en la reforma de la constitución, nadie se acordó de suprimir el antiguo oficio de transcribir velozmente cada sesión de diputados y senadores. Por lo tanto, él seguía cumpliendo obedientemente con la tarea descomunal de anotar esos pequeños símbolos parecidos a un jeroglífico, durante las interminables maratones de discursos. Inútil labor en la era de la informática. Todas las noches, regresaba extenuado a su pequeño departamento a pocas cuadras del congreso, saludaba a Irma con un ramo de flores, cenaban, y recién entonces se disponía a mecanografiar hojas y hojas traduciendo aquellos símbolos.

 

Hasta que, hace un mes, sucedieron dos acontecimientos que truncaron su vida.

 

Una mañana de lunes, lo llamaron de la oficina de personal para notificarle que, a partir de ese momento, lo “dejaban en libertad”. Llegaba a su fin la era de la taquigrafía, y se le terminaba el oficio. El jefe le confesó que nadie en el congreso sabía el destino de su sombrío despacho, si tenía suerte podría ampliar la oficina.

No le hicieron despedida, ni un mísero encuentro, como si fuera un fantasma que hacía años vagaba por los pasillos del palacio. No se atrevió a contarle a Irma lo que había sucedido, mucho menos a sus hijas, así que continuó yendo a la zona de Congreso como si nada hubiera pasado. Se quedaba en la plaza mirando el imponente edificio, o se tomaba un cafecito en el bar de enfrente, tratando de no encontrarse con ninguno de sus ex compañeros de oficina. Aunque no creía que lo reconocieran sin su block de taquigrafía. Al caer la tarde, compraba un ramito de flores y regresaba a su casa. Pero una de esas tardes, no mucho después del despido, nadie recibió sus flores. Irma yacía sobre la alfombra de la sala con un gesto de asombro en sus ojos vacíos.

 

Al volver del cementerio, sus hijas se quedaron un rato con él, temiendo dejarlo solo con sus recuerdos. Hasta una de ellas se ofreció a vivir unos días con él, pero la sola idea los espantó a todos por igual.

 

-¿Te fijaste si tu celular está cargado? Queremos llamarte cada tanto para ver cómo estás.

 

-Nunca tuve uno. ¿Para llamar a quién? Si necesitan algo, ya saben dónde encontrarme.

 

El domingo siguiente volvieron a visitarlo, esta vez con los nietos. Lejos de mostrarse feliz, Eduardo no hizo otra cosa ahuyentarlos. Así y todo, no se iban, todavía faltaba lo peor. Como en un descuido, Karen, la mayor, le entregó un pequeño paquete. Eduardo lo abrió sin el menor entusiasmo y extrajo un celular reluciente.

 

-¡Está buenísimo, papá! Podés conectarte a internet y ver tus series preferidas, mandar mensajes, o sacar una cuenta de Facebook. ¡Incluso hablar por teléfono!

 

Eduardo hizo su mayor esfuerzo para mostrarse agradecido, prometió que las iba a llamar, y los acompañó hasta la puerta. Ni bien salieron, arrojó el teléfono en un rincón de la sala.

 

 

Dicen que el tiempo todo lo cura, y hasta parecía que había sido benévolo con Eduardo Rocatagliata. Las hijas no salían de su asombro; después de unos meses, respondía las llamadas todas las mañanas. También se conectaba por las redes sociales, y hasta preguntaba por la salud de sus nietos. Muy diferente al padre que habían conocido. Después de eso, se ponía su abrigo, agarraba el maletín, y enfilaba para Congreso.

 

Algunos lo han visto en el subte, otros en el colectivo, en la plaza o en algún bar cercano al palacio legislativo. Impecablemente vestido, atildado y perfumado, libretita y lápiz en mano, garabateando con esos jeroglíficos incomprensibles, todo lo que escuchaba a su alrededor.

 

 

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