LUNES
Esta
mañana al despertar, me di cuenta de que a mi reloj le faltaba el número once.
No se había caído, ni gastado, simplemente no estaba. Lo sacudí con la
esperanza de que apareciera, pero su espacio en la esfera plateada continuaba
vacío. Me levanté contrariado, tendría que pasar por la relojería al volver a
casa.
Llegué tarde a la oficina, como siempre. Hace
años que hago el mismo trabajo, pero ya me está cansando. Prestar dinero a
gente que no puede acceder a créditos bancarios me parecía, en un principio,
una tarea noble, sin tener en cuenta los intereses siderales que debían pagar
por ello. Con la economía en picada, ya nadie puede afrontar sus deudas, y mi
única tarea consiste en perseguir a los pobres diablos para sacarle hasta el
último centavo, bajo la amenaza de embargarles su mísero sueldo.
La
lista de los clientes morosos es interminable, y tengo agendados más de veinte
para hoy. Algunos llegan a conmoverme, pero aprendí a mantenerme distante, de
lo contrario se vuelve intolerable. Sin embargo, con el señor González no puedo
lograrlo. Su historia es abrumadora. Con más de quince años de matrimonio, no
puede tener hijos. Con su esposa se embarcaron en incontables tratamientos que
minaron su espíritu y su billetera. Finalmente decidieron que lo mejor sería
adoptar, y se anotaron en una larga lista de espera.
Y
esperaron, hasta que no pudieron más. Le pidieron al juez que los ayudara, ya
no les importaba que fuera un recién nacido. Estaban dispuestos a adoptar un
chico más grande, o varios hermanos si fuera necesario. Al tiempo, los
convocaron del juzgado. Había nacido Luz, y su madre la dio en adopción. La
pequeña tenía problemas cardíacos, pero a los González no les importó, al fin
tenían alguien en quien volcar su amor.
La
salud de Luz no mejoraba, lo único que se podía hacer era una cirugía en el
exterior, para lo que deberían reunir una suma de dinero que no tenían. El
señor González era muy orgulloso, jamás pediría un favor. Acudió a nuestra
oficina para solicitar un préstamo. Lo recuerdo muy bien porque yo se lo
gestioné, y le aumenté considerablemente la suma para que le alcanzara, sin ser
muy estricto en cuanto a las condiciones.
Las
once menos cinco, el próximo en la lista es él. Los últimos dos meses no ha
pagado su cuota. Me tomo un antiácido para poder enfrentarlo. Le pido a mi
secretaria que lo anuncie, ensayando mi mejor sonrisa para recibirlo.
Para
mi sorpresa, el hombre del otro lado de la puerta no es el señor González. A
veces los clientes no pueden venir y envían o otra persona a hacer el pago, así
que lo hago pasar.
-¿Cómo
anda nuestro amigo?
-¿Qué
amigo?
-No
entiendo. ¿No lo envía el señor González?
-No
conozco a nadie con ese apellido, yo vengo a abonar mi cuota. Amado, Lucas.
Me
fijo en la agenda, y efectivamente, Lucas Amado tiene una cita asignada, pero a
las doce.
-Parece
que está un poco apurado para pagar -bromeo- vuelva en una hora y lo atenderé
con gusto.
-¡Escúcheme
señor, no tengo tiempo para pavadas!. ¡Encima de que tengo que pagar una suma
usurera, me hace esperar una hora!
Sigo
sin entender. Miro la hora en la computadora, y efectivamente son las doce. Y
el tal Amado Lucas está citado en ese horario. ¿Qué está pasando? ¡Es imposible
que haya atendido al señor González y no me acuerde! Corro a la recepción ante
la mirada atónita del cliente.
-¿Vino
el señor González? -le grito a mi secretaria.
-No
lo vi, no puedo estar vigilando la sala de espera en todo momento, para eso
están los de seguridad. Habrá entrado por su cuenta.
Regreso
a mi escritorio pidiéndole disculpas al atribulado Lucas Amado.
Termino
de atender a todos los clientes del día y vuelvo a casa con una sensación
extraña. ¡Hubo una hora que se me pasó por completo! Tampoco hay registro de
que el señor González haya abonado, ni otra señal de que estuvo en la oficina a
las once.
Al
llegar me doy cuenta de que no había pasado por la relojería.
MARTES
Suena
la alarma del celular con esa melodía pegajosa. Cuesta levantarse. En seguida
vuelven a la memoria los sucesos de ayer, debe haber una explicación razonable.
El espejo del baño me devuelve una imagen extraña, con profundas ojeras y
aspecto demacrado. Tomo una ducha rápido y al afeitarme detecto unas canas que
nunca había visto. ¡Apenas tengo treinta y cinco años!
Apuro
el desayuno y busco el celular y el reloj, enfilando hacia la puerta. Lo ajusto
a la muñeca, y no puedo reprimir un grito. ¡Ahora faltaban los números de las
doce! Empiezo a dar vueltas por la casa, fuera de mí. Esto no puede ser una
casualidad ¡Dos horas de mi reloj desaparecieron como por arte de magia!
Camino
a la oficina paso por una relojería. El empleado trata de tranquilizarme
mientras revisa mi reloj.
-¡Un
Patek-Philippe, hace años que no veo uno! Lástima que se le haya caído,
perdió varios números.
-¡Eso
es lo que intento decirle, no se me cayó! ¡Se le borraron solos, como si nunca
los hubiera tenido!
La
expresión incrédula se le esfuma cuando le digo que no pienso moverme hasta que
no revise el reloj. Se lo lleva a la trastienda y al cabo de un rato vuelve
satisfecho.
-Quédese
tranquilo, a pesar de los golpes, la maquinaria está intacta. Los suizos sabían
hacer las cosas, cuando quiera venderlo, venga a verme ¡Soy el que mejor paga!
Atiendo
al cliente de las diez, y el siguiente en la lista pasa directamente al de la
una de la tarde. No me extraña, aunque no le encuentre explicación. Ahora
desaparecieron dos horas de mi día, y a nadie parece sorprenderle. Me fijo en
la agenda de la computadora y no hay registro de ningún cliente en ese lapso.
Le pregunto a la secretaria, quien impresiona no tener noción de lo que le
estoy hablando. Se me ocurre una idea, los de seguridad tienen la costumbre de
anotar a todos los clientes del día, en una libreta. Lo hacen la noche previa,
así saben a quién esperar. ¡Se podrán borrar los registros de la computadora,
pero es imposible que desaparezcan los que anotaron en papel!
Corro
a la puerta y le pido el cuaderno al empleado de seguridad. Me lo entrega a
regañadientes, como si se tratara de un documento secreto del gobierno. Vuelvo
a mi oficina y busco los registros anotados ayer. Ahí estaban, con la certeza
del grafito, los nombres de los clientes de las once y las doce.
Respiro
aliviado, no estoy perdiendo la razón. Escribo los nombres de los clientes
desaparecidos y los busco en el archivo. Si bien son dos personas diferentes,
tienen algo en común con el señor González. Los tres solicitaron el préstamo
por motivos altruistas, mientras que la mayoría pide dinero para saldar deudas de
juego. Uno de estos clientes quería ayudar a su familia, y el otro a un amigo.
¡Existe una conexión entre estos tres hombres y su desaparición!
MIERCOLES
No
quiero mirar el reloj. Al levantarme voy directo al baño. Me sobresalto al ver
gran parte de mi cabellera cubierta de canas. Los movimientos me cuestan un
poco más que ayer. Cuando ya no lo puedo evitar, miro el temido artefacto.
Ahora faltaban las 13 y las 14 horas, eso quiere decir que desde las 11 hasta
las 15 van a desaparecer los clientes. En realidad lo que se desvanecerá serán
cuatro horas de mi día.

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