-Muchos
chicos se tiñen un mechón, parece que está de moda. -comentó el médico, aunque negamos
haberlo teñido. Además, no era sólo un mechón, toda la cabellera estaba azul.
Salimos
del hospital con la sensación de que no había creído una palabra. La verdad, no
era muy común que un chico se acueste con el cabello negro y despierte de azul.
A
no ser por el color, Tristán estaba como siempre. No le dolía nada, comía bien,
no tenía fiebre. Le hicimos los análisis
que le había pedido el médico y, como sospechábamos, eran normales. Pero seguía
con el pelo azul.
-Pobre
Mariana, perder a su mamá de esa forma- dijo la mañana siguiente al pasar por
la panadería, cuando lo llevaba a la escuela.
Se refería a su amiga, la hija de la panadera, quien nos saludó, sin
ocultar su sorpresa al ver la cabeza de Tristán. Su madre nos sonrió desde el
mostrador.
-¿Qué
decís, no ves que están las dos? ¡No se murió nadie, mufa!
Esa
tarde volvió llorando, ni bien sus compañeros lo vieron se convirtió en el
objeto de burla de todo el colegio. La maestra nos dijo que no volviera hasta que
la tintura se le vaya, no podían aceptar niños teñidos. Al rato, todo el pueblo
comentaba el color del pelo de mi hijo. Como si fuera poco, en el noticiero de
la noche informaron que la panadera había fallecido a causa de un infarto.
Pasaban
los días, y Tristán seguía igual. Continuó con la cabellera azul a pesar de la
fortuna que gastamos en champú y otros productos, ¡Hasta lo teñimos de rubio
platinado! Pero a la mañana siguiente estaba otra vez con su pelo azul. Sus macabras
predicciones iban en aumento, lo peor era que se terminaban confirmando. Doña
Eulogia, de la bicicletería, y Froilán, el carnicero, engrosaron la crónica
necrológica. En un principio, creímos que era pura casualidad, y mantuvimos el
asunto en familia, pero llegó el momento en que alguien lo escuchó y sus
fúnebres aseveraciones fueron conocidas por todos en el pueblo. Una nueva
rutina surgió entre los vecinos: averiguar si ese chico del pelo azul les había
anunciado la muerte antes de salir de casa, por las dudas.
Cierto
día, luego de meses de lamentar pérdidas humanas, Tristán se despertó con la
cabeza de color verde flúo. Otra vez al pediatra, otra vez los análisis
normales. En esta ocasión, el médico pareció creernos un poco más. Nuevamente
lo suspendieron del colegio -habíamos logrado que lo reincorporaran con su
cabello azul- y volvieron las burlas. Por suerte, algo había cambiado, cesaron
las noticias necrológicas y en vez de ello, nuestro pequeño hijo anunciaba muy
buenas nuevas para todos. Que Don Fermín, de la estancia Siete Arboles, estaba
a punto de comprar el billete ganador de la lotería, o que al vecino de
enfrente lo ascenderían en breve. Esta nueva práctica se difundió en seguida,
pero, a diferencia de lo que sucedió con las predicciones fúnebres, donde
trataban de evitarlo, empezaron a acercarse a nuestra casa. Todos querían saber
lo que iba a sucederles, cómo se convertirían en millonarios o de qué forma
curarían sus enfermedades.
Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

Maravilloso! 👏
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