¿Por qué tenías que salir justo esa noche? ¡Si
te había pedido, suplicado, que no lo hicieras! Es cierto, no te dije la
verdadera razón. Ensayé una débil excusa,
que era inseguro andar por la calle a esas horas, o algo así. Pero tuviste que
salir igual. ¿No te remordía ni un poco la conciencia pensar que yo sabía? Sí, y
desde el primer día. ¿Realmente creías que me tragué lo de la cirugía de
urgencia? Una vez vaya y pase, pero dos, tres… O esa vez que llegaste de
madrugada, evitándome, o aquella otra que bajaste de un auto desconocido. Un
compañero del trabajo, balbuceaste. ¡Por favor! Mirá cómo terminaste por no
hacerme caso, sola, en este sitio asqueroso. ¿Quién te traerá flores
ahora?
Los
últimos ya se están retirando. Menos mal, estoy cansado de estar parado tantas
horas con este incómodo traje. Lo peor es tener que simular, poner la misma
cara a cada uno que se acerca. ¡Por fin! Se acaba de ir el cura, y sólo
quedamos vos y yo. Como debió haber sido siempre. Hasta que me enteré. ¿Sabés
cuándo fue la primera vez que sospeché algo? Por tu celular. Te dejaba sola un
minuto y lo encontraba en una posición diferente. Evidentemente estabas
hablando con alguien, pero te ofendías cuando te pedía que me mostraras los
mensajes. Respetá mi privacidad, me decías. Después empezaron las
demoras en llegar al hospital, tu compañera no sabía qué decirme cuando atendía
mis llamados. ¿Cómo podía ser que tardaras cuarenta y cinco minutos si con ese
colectivo llegabas en media hora? Lo sé porque hice el mismo recorrido una y
otra vez para estar seguro. Era muy difícil confiar en vos. Hasta terminé
revisando la basura buscando pruebas de tu engaño. Te concedo que llegar a casa
y verme con las manos embadurnadas revolviendo el tacho de la cocina no fue la
mejor escena. Por eso accedí a hacerme ver, para que no creyeras que estaba
loco. Y porque me pusiste entre la espada y la pared, amenazando con que me
dejarías si no lo hacía. Paranoia, me dijo el doctor y me indicó unas
pastillas. ¿Quién se creía para decirme semejante barbaridad después de hablar
conmigo sólo unos minutos? Para tranquilizarte dije que iba a tomar los
remedios y empezar una terapia. ¡Cuánta felicidad se dibujó en tu rostro!
Reconozco que durante un tiempo las cosas parecían estar mejor. No más llegadas
tarde ni cirugías de urgencia. Tocaba el cielo con las manos, pasabas los días
conmigo, no hacía falta que saliéramos. Caminábamos todas las mañanas hasta la
parada, y noté que apreciabas que me ocupara de vos. No podías ocultar la dicha
cuando te visitaba de sorpresa en la guardia con un ramo de flores Hasta tus
compañeras cruzaban miradas de envidia.
Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

Comentarios
Publicar un comentario