¿Qué hace parado en la puerta,
empapado y en plena madrugada? Casi no lo reconozco a pesar de que apenas
pasaron cinco años. El pelo largo y enmarañado, la barba desprolija.
Evidentemente hace tiempo que no se baña y, a juzgar por su semblante, tampoco
se ha alimentado lo suficiente.
Me mira como cuando lo sorprendí
robando higos del vecino, o aquella vez ya adolescente, fumando en el cuartito
de la leña.
Algo en él cambió, no podría decir
qué, pero es notable. Su mirada no es la misma, aunque conserve algo de aquella
expresión infantil. Como una mezcla de miedo y vacío. Entramos y la calidez del
fuego en el hogar nos refugia de la tormenta. Lo ayudo a quitarse la ropa
mojada y subo a buscar un buzo y un pantalón de Carlitos, no sé por qué me sorprende
que le queden tan bien. Lo dejo sentado frente al fuego y me voy a prepararle
algo de comer. Vuelvo con unos sándwiches que devora sin pausa. Al terminar intenta
decir algo, pero lo freno con un ademán.
Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

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