Campamento

 

SUBIR NO ES IGUAL QUE BAJAR

Verano del sesenta y seis, campamento de quinto grado.  Teníamos diez, once años. Para muchos, el primer viaje sin nuestros viejos, como una forma de abandonar la infancia, aunque nos aterraba la idea de convertirnos en adolescentes. Casi muero de vergüenza cuando mamá, con lágrimas en sus ojos, me estampó un beso en el andén de Constitución. ¡Qué alivio sentí al ver que no era la única víctima del amor maternal! Trepamos corriendo al tren y me ubiqué junto a una ventanilla, previo empujón a Fernández, que me miró con odio durante todo el viaje. Después de dos largos días de emociones, polvo, sánguches de milanesa e insomnio, llegamos a la estación de Bariloche.

Recién amanecía cuando apareció el camión que nos llevaría al campamento, a orillas de un arroyo de agua helada. Aproveché para estrenar mi flamante Kodak Fiesta, sacando varias fotos. El lugar era maravilloso, a lo largo del riacho se extendían filas de carpas y cabañas de madera. Una construcción de troncos, más grande, hacía las veces de comedor y sala de juego para tardes lluviosas. Llegó el momento de asignarnos las carpas. Como el campamento estaba organizado por los scouts, sólo los chicos que pertenecían a la institución fueron a las cabañas de madera, mientras que nosotros ocupamos una carpa con olor a lona y humedad, que se inundaba en las noches de tormenta. Eso, a los diez años, la convertía en algo alucinante.

Pasaron varios días de lluvia acompañados con tortas fritas, campeonatos de truco y guitarreadas en el comedor, hasta que por fin el verano nos obsequió una mañana radiante. Marcelo, uno de los guías, anunció que escalaríamos un cerro, mientras nos indicaba que debíamos llevar lo imprescindible, para que la carga no resulte tan pesada. Adorábamos a Marcelo. No sé si era su uniforme infantil de scout en un cuerpo de metro ochenta, o la forma en que nos trataba, haciéndonos sentir importantes. Puse la linterna, la cantimplora y la campera en la mochila, A último momento agregué, como buen gordito, un paquete de galletitas.

El mismo camión desvencijado del primer día nos alcanzó hasta la base del cerro López. En seguida nos dividieron en dos grupos: uno iría por el camino, donde se tardaba más pero era más seguro. El otro subiría por la picada, que lo atravesaba en forma perpendicular. Me anoté en el segundo, sólo porque Marcelo lo guiaba. Ni bien comenzamos a subir, fui consciente de mi error. Todos eran deportistas destacados, mientras que yo estaba lejos de serlo. A los pocos metros comencé a agitarme, y él se acercó preguntando si me sentía bien. Transpirado, traté de aparentar normalidad, lo que le provocó una carcajada. De todos modos, no se despegó de mí en todo el trayecto de subida.

Arribamos al refugio bien entrada la tarde. Allí nos esperaba una taza de chocolate caliente con churros. Después, culopatín en los espejos de nieve que aún quedaban del invierno. Se hacía tarde para volver, nos dijeron al rato, aguándonos la fiesta.

-Miren que subir no es igual que bajar –nos dijo- parece más fácil, pero se resbala más y pueden derrapar. No se separen, no corran, yo voy a ir adelante, no pierdan de vista mi gorra roja.

Comenzamos a descender con mucho cuidado, siempre mirando la llamativa gorra de Marcelo. A su lado iba Fernández, atrás de ellos, dos chicos que no conocía, seguramente de otro colegio. Conmigo iban Sosa y Antúnez. ¡Justo estos dos, que me volvieron loco todo el año con sus burlas! Todavía era de día, pero la vegetación en el cerro filtraba mucho la luz, y por momentos no se veía bien el camino. Nos costaba divisar la gorra roja. Miré a mis compañeros y noté el miedo en sus rostros. Pisé en falso, me caí y rodé varios metros golpeándome contra los árboles y los arbustos. Cuando por fin paré, un dolor tremendo en mi tobillo me impidió incorporarme. Me senté tratando de ubicar a mis compañeros, pero no veía nada. Ya vendrán, pensé, mientras mi tobillo se hinchaba cada vez más.

-¡Sosa! ¡Antúnez! ¿Dónde están? ¡No se hagan los vivos, sé que andan por ahí!

Silencio absoluto, apenas quebrado por el canto de algunos pájaros, parecían lechuzas. Quería llorar, estaba oscureciendo y me encontraba solo, perdido y sin poder moverme. El frío se hizo sentir, me puse la campera y de los nervios me bajé todo el paquete de galletitas. Con la linterna iluminé alrededor, pero no veía nada, sólo vegetación. Comencé a escuchar ruidos extraños, como de algo que se arrastraba. ¡Eso sólo pasaba en las películas! Volví a iluminar y me pareció ver la gorra roja, como a  cien metros más abajo. Me arrastré como pude. Intenté gritar, avisarle a Marcelo que estaba allí, pero no salía ningún sonido de mi garganta. Tomé impulso y volví a rodar hacia abajo hasta darme contra un árbol, justo frente a Fernández. Estaba a metros de mí, y me miraba con ojos desorbitados. Una mano enorme le tapaba la boca ahogando sus gemidos, mientras que por detrás, la gorra roja iba y venía al ritmo de sus jadeos. Me acurruqué bajo la campera, y apagué la linterna. Desde ahí Marcelo no podía verme. Apoyé la cabeza en la mochila. Estaba muerto de miedo y no comprendía muy bien lo que sucedía.

-¡Aquí! ¡Por aquí!

La voz del guía me despertó, junto con los primeros rayos de luz. A lo lejos se escuchaban ladridos y gritos, nos habían encontrado.

Marcelo nunca supo lo que yo había visto, o lo disimuló muy bien. Fernández no me habló en todo el viaje de regreso, y sólo rehuía la mirada. Nunca le dije a nadie lo sucedido, tal vez por miedo, o porque no entendía. Lo único claro fue que el campamento terminó una semana antes.

 


OLVIDAR NO ES FÁCIL NI LIMPIO

El avión está a punto de aterrizar y me invade una sensación extraña. Es la primera vez que vuelvo a Bariloche desde ese campamento de quinto grado. Hasta me las arreglé para no venir al viaje de egresados. Creo que inventé una enfermedad. De todos modos, en ese momento a nadie le importaba.

Llegamos con María en viaje de bodas. Reservamos una cabaña a orillas del lago.  Los primeros días hacemos las excursiones y actividades típicas del verano. Una tarde, María me propone escalar el López, y es como si un rayo me hubiera partido en dos. Todos los fantasmas del pasado acuden en este instante, convirtiéndome en un manojo de nervios. Tal es mi estado, que no tengo más remedio que contarle.

Lo que pasó después de aquel verano había quedado envuelto en una indulgente pátina de olvido. Al principio, no. Todos me interrogaban: mis viejos, el director del colegio, las psicólogas, la policía. No sé qué les respondía, pero parecía que no los conformaba, porque volvían a la carga. Con el tiempo, el tema se fue acallando. Hasta en el colegio se dejó de hablar. Fernández nunca más apareció, algunos decían que su familia se había ido a vivir a España, otros que lo habían internado en un manicomio. Pero nadie sabía nada.

Mi vida continuó como si nada. Cada tanto tenía sueños en los que se reproducía la imagen de Fernández, en otros me veía a mí mismo con el rostro de él, a veces con una gorra roja. Pero no pasaba de ahí. Hasta el momento en que María me propone escalar el López.

-Olvidar no es fácil ni limpio –me dice.

 

Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

 

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