Abstracto

 





Carola me ayudó con el moñito, jamás había usado uno en mi vida. Me miré en el espejo y no me reconocí, de frac y galera. ¡En el siglo veintiuno! Las tradiciones a veces son algo excéntricas, pero tienen su valor.

Treinta años de esfuerzos coronados por una celebración que se realizaba desde hace un siglo, tal vez dos. ¡Y en Bélgica, nada menos!

El acto fue en el teatro de la Moneda, aquí en Bruselas. Me entregaría el premio el mismísimo Felipe, el rey con más bajo perfil de toda Europa. Tan así, que pocos saben que Bélgica es una monarquía. Nos pasaron a buscar por la embajada, en una limusina de película. Carola y las chicas estaban bellísimas y se reían de mi aspecto. Me pedían que me ponga la galera, sólo para burlarse. No pensaba darles el gusto.

Un empleado de ceremonial, de librea, nos abrió la puerta del auto. Recorrimos los metros de alfombra roja que nos separaba de la entrada del teatro. En el hall central, antes de subir la majestuosa escalera de mármol, lo vi.

No dejaba de ser una pintura corriente, del montón. Todavía no entendía cómo había ganado el primer premio, y menos cómo fue que terminó elegida para decorar el teatro de la Moneda. Un leve empujoncito de Carola me devolvió a la realidad. Emprendí mi ascenso triunfal.

El brillo de la ceremonia y de la fiesta en el palacio real ya era historia,  estaba en mi estudio, a metros de la Grand Place, el centro icónico de Bruselas. Desde lo del premio, no paraban de llegarme ofertas de distintas ciudades, provenientes de museos, galerías de arte y coleccionistas privados. ¡Qué lejos había quedado la época en que retrataba a turistas en la plaza, o hacía horribles reproducciones del Manneken Pis!

Continúa en el libro "Yo sé que vos sabés" de Oliverio Luna...

 

 

 

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